Afortunadamente, lo imprevisible de la vida no puede condensarse en un algoritmo

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A great day in Harlem (1958) es la fotografía más icónica del Jazz

Llevamos un tiempo escuchando dos versiones del mismo error. La primera dice que la inteligencia artificial va a destruir la creatividad humana, los empleos y posiblemente la civilización tal como la conocemos. La segunda dice que la IA lo va a resolver todo: que cualquier empresa puede ahora alcanzar la productividad infinita, campañas perfectas y estrategias infalibles con solo hacer la pregunta correcta. Ambas versiones comparten el mismo defecto: sobreestiman lo que la IA puede hacer y no entienden bien por qué.

Lo que la IA realmente es

Conviene recordarlo de vez en cuando, porque el ruido mediático tiende a oscurecerlo: la inteligencia artificial, en su forma actual, es un sistema extraordinariamente sofisticado de reconocimiento y reproducción de patrones. Se entrena sobre datos masivos (textos, imágenes, vídeos, conversaciones) y aprende a predecir qué viene después de algo. Lo hace con una precisión llamativa y a veces asombrosa. Pero lo que produce tiende a estar anclado a lo que ya ocurrió. Se alimenta del pasado para construir un posible futuro.

La ciencia empieza a confirmar esta intuición con datos concretos. Un estudio publicado en 2025 en Frontiers in Psychology probó la creatividad de ChatGPT comparándola con decenas de humanos: el modelo generaba más ideas que cualquier persona, pero la mayoría caían dentro de categorías convencionales y predecibles. El sesgo de fijación, esa tendencia a repetir patrones conocidos en lugar de romperlos, era comparable al humano. Y lo más revelador: el modelo tenía dificultades para distinguir entre una idea original y una ordinaria. Fluencia a escala, originalidad por debajo de la media.

Al otro lado tenemos al ser humano, con la capacidad genuina de imaginar lo que todavía no existe y, lo más importante, de desear que exista. Lo que no existe no puede estar en los datos de entrenamiento. La probabilidad de que España gane el próximo mundial es incomparable al deseo de que España lo gane.

«El deseo -intangible, inmedible y profundamente humano- es el primer paso obligatorio para conseguir cualquier meta.»

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Serie Improvisaciones (1909-1914) de Wassily Kandinsky

El chiste alemán

Un buen amigo alemán me contó una vez un chiste: «¿Sabes por qué todos los bancos alemanes tienen siempre en su equipo a un español? Para que cuando la cosa se pone complicada, haya alguien que sepa improvisar.» Tenga o no gracia esta crítica disfrazada de chascarrillo, a mí siempre me pareció un halago. El jazz se construyó sobre la improvisación. Marlon Brando improvisó con dos trozos de papel en la boca el personaje de Vito Corleone en su propia casa, ante la atenta mirada de Francis Ford Coppola. La improvisación exige no ser predecible.

Y mientras los sistemas de IA se entrenen sobre lo que ya ocurrió, seguirá existiendo un espacio que ningún algoritmo puede anticipar del todo: el de lo que todavía no ha pasado. Ese es el espacio donde vive el valor real.

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La caracterización de Marlon Brando como Vito Corleone en El Padrino. (1971)

El problema que nadie está contando: cuando todos usan la misma herramienta

Hay algo que se está instalando silenciosamente en el mercado y que casi nadie menciona en las conversaciones sobre IA: la homogeneización. Un estudio de Doshi y Hauser publicado en Science Advances en 2024 lo midió con precisión: la IA generativa mejora la creatividad individual (las personas producen mejores historias cuando la usan) pero reduce la diversidad colectiva de los contenidos. Cuando todos usan el mismo modelo con prompts parecidos, el mercado empieza a parecerse a sí mismo.

Dicho de otra forma: si tu competencia usa las mismas herramientas que tú, y ninguno de los dos tiene algo genuinamente propio que poner encima, el resultado es más de lo mismo a mayor velocidad. La IA amplifica, no inventa. Y cuando lo que amplifica es una propuesta de valor intercambiable, el ruido simplemente sube de volumen.

Hay otro dato que añade una dimensión de urgencia a esto. Un estudio publicado en ScienceDirect en 2025 lo llama «cicatriz creativa» (creative scar): los usuarios que trabajan con IA durante tiempo prolongado mejoran su rendimiento creativo mientras la usan, pero cuando la herramienta desaparece, no solo vuelven al punto de partida. La homogeneidad en sus contenidos sigue creciendo meses después, como si el músculo creativo propio se hubiera atrofiado por desuso. Los autores lo resumen con una frase que no tiene vuelta atrás: los usuarios desarrollan una ilusión de creatividad, no creatividad real.

Usar la IA sin criterio no es neutral. Tiene un coste diferido.

Por qué esto debería importar a cualquier empresa

En Arteria realizamos cada día más consultorías estratégicas apoyadas en IA. Estructuramos los datos de los clientes, recogemos reuniones, comentarios, videoconferencias, transcripciones, dossiers comerciales, textos de la web, datos de competencia. Toda esa materia prima pasa por el sistema. Pero la diferencia la sigue marcando nuestra estrategia, nuestra capacidad para imaginar y dibujar en el horizonte no la empresa de nuestros clientes actual, sino la de los próximos cinco años. Es esa visión tan personal del futuro la que, flotando en un mar de datos, marca por completo la diferencia.

Si eres directivo o empresario y estás pensando en cómo integrar la inteligencia artificial en tu estrategia, este es el punto de partida que te proponemos: antes de preguntarte qué puede hacer la IA por ti, pregúntate qué es lo que solo tú puedes decir. Porque si tu marca no tiene una historia propia, un punto de vista real, una propuesta de valor que no sea intercambiable con la de tu competencia, la IA solo va a producir más ruido a mayor escala.

En cambio, si tienes algo genuino que contar, la IA se convierte en la herramienta más poderosa que ha existido para contarlo: con una escala que antes era inaccesible, con una precisión que antes requería un esfuerzo que la mayoría de empresas no podían permitirse.

Esa es la diferencia entre usar la IA como atajo y usarla como palanca. Que en Arteria hayamos decidido convertirnos en una agencia First AI no nos convierte en menos humanos. Al contrario: gracias a la inteligencia artificial hemos conseguido potenciar nuestra capacidad de improvisación, de intuición, de deseo, de explorar límites que antes eran inalcanzables. De escapar, precisamente, del algoritmo.

La IA nos ha hecho más humanos, no menos. Y esa es la única forma en que tiene sentido usarla.

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