Creo que he visto una luz al otro lado del río

Si El Bosco hubiera pintado esta reflexión. Imagen creada con Nano Banana 2.

Imagina una ciudad cortada por un río. En la orilla izquierda, el mundo tal y como lo conocías. Tu forma de trabajar, tus métodos y tus certezas. En la orilla derecha, algo nuevo, a veces difuso, que está transformándolo todo con la sombra de amenaza y la llave de la salvación, ambas en una misma mano.

Y justo en medio, personas como personajes salidos de un cuadro de El Bosco. Algunas con los dos pies en la orilla de siempre, mirando al otro lado con miedo y desconfianza. Otras con un pie en cada orilla, intentando mantener el equilibrio sin terminar de decidirse. Y unas pocas -aunque cada vez más- que ya cruzaron y que, con una mezcla de vértigo y libertad, son conscientes de que ya no piensan regresar.

agencia inteligencia artificial
«El salto a la libertad» (el soldado Conrad Schumann saltando la alambrada de Berlín en 1961) @Peter Leibing

Un muro que nadie vio venir

La noche del 12 al 13 de agosto de 1961 el Muro de Berlín comenzó a construirse. En pocas horas el alambre de espino dividió la ciudad. Las familias que vivían a uno y otro lado amanecieron separadas sin haberlo elegido, sin haberlo visto venir. La irrupción de la Inteligencia Artificial en nuestras vidas se parece mucho a este hecho histórico. No por la violencia ni por la política, sino por algo más íntimo y más cruel: la capacidad que tiene una línea invisible de separar de un día para otro a personas que comparten la misma historia, el mismo lenguaje, los mismos recuerdos. Familias que un día se fueron a dormir juntas y amanecieron en mundos distintos sin haberlo elegido. Sin que nadie les preguntara.

Soy de los que piensan que la inteligencia artificial está levantando ese muro ahora mismo. Silenciosamente. Mientras la atención del mundo se fija en Ucrania o en Irán, la guerra que va a definir el próximo siglo se libra en otro frente: el control de la inteligencia artificial y la tecnología entre China y Estados Unidos.

No es una metáfora. Es la disputa más concreta del nuevo orden mundial. Chips, modelos, datos, talento: esos son los recursos por los que se pelea. China está demostrando que la ventaja tecnológica que Occidente daba por garantizada es más frágil de lo que parece. El muro se está construyendo a escala de continentes. Y mientras eso ocurre, en cada empresa, en cada agencia, en cada despacho, se replica la misma división en miniatura. Los que cruzan. Los que esperan. Y los que todavía no saben que ya han tomado una decisión.

Cuando ves la solución

Cuando viví en Los Ángeles, le pregunté un día a Rafa Sardina —ganador por entonces de 11 Grammys— cómo había descubierto la fórmula para tener éxito cuando llegó de España. No fue inmediato: estuvo años luchando por abrirse paso en el mundo de la ingeniería de sonido en los estudios de L.A. Me dijo:

«Pensé de todo, estuve años intentando descifrar cuál era la clave, hasta que un día me levanté y simplemente lo vi.»

He tenido esa sensación en diferentes momentos de mi vida. Me pasó con Internet y la erosión que sufrían los derechos de autor de la música y con la inteligencia artificial he sentido exactamente lo mismo. Entonces la SGAE nos decía que «internet era el demonio y la piratería su mayor consecuencia» hasta que un día abracé el marketing digital y el SEO salvó a mi primera empresa, que era musical. La clave, descubrí, no era tener razón antes que los demás. Era no dejar de tener curiosidad.

Recuerdo las primeras conversaciones sobre IA con mis compañeros en Arteria. Había curiosidad, sí. Pero también muchísimo miedo. La pregunta que flotaba sin que nadie la verbalizara del todo era la misma que llevan haciéndose los profesionales creativos desde que ChatGPT entró por la puerta sin llamar: ¿qué queda de lo que hacemos si una máquina puede hacerlo en segundos?

Y entonces un día cualquiera. Sin pensarlo mucho, simplemente lo vi. Supongo que un día lo ves, porque realmente llevas días viéndolo sin ser consciente de ello. Pero decidí desde ese momento que iba a cruzar a cualquier precio. No porque tuviera todas las respuestas, sino porque entendí que la única forma de responder todas las preguntas era desde el otro lado del río. Arrebaté horas de sueño al calendario. Exploré, rompí cosas, aprendí a formular bien las preguntas y a equivocarme muchísimo. Y en ese viaje encontré a otros que, como yo, habían decidido explorar a fondo ese nuevo mundo. Personas que no esperaban que les dijeran si era seguro. Que simplemente habían saltado.

Lo que encontré al otro lado no fue el apocalipsis creativo que algunos anunciaban. Tampoco la solución mágica que otros prometían. Encontré una herramienta que cambiaba mi forma de abordar el pensamiento, la estrategia y la creatividad en absolutamente todo.

javier jaen
El grandísimo artista y diseñador Javier Jaén también lo ve. ©Javier Jaén

Qué significa ser First AI de verdad

En Arteria tomé la decisión de integrar la IA no como un servicio más en el catálogo, sino como la columna vertebral de cómo pensamos, producimos y entregamos valor. No es un departamento. No es un área nueva con nombre en inglés y un par de herramientas. Es la forma en que funciona cada proceso, cada conversación, cada entrega. Eso tiene consecuencias reales pero también la dificultad de instaurarlo en un equipo de 21 personas. No es algo inmediato. En definitiva, es buscar la manera para hacer cruzar a todos hacia la otra orilla. Hace poco un cliente nos dijo algo que resumía perfectamente lo que buscábamos: «tenéis mi empresa mejor interiorizada que yo mismo.» Eso no pasa por casualidad. Pasa porque entendemos la diferencia entre usar herramientas y construir sistemas.

Ferrán Adrià —una de las referencias que más ha influido en cómo pensamos— tiene una convicción que comparto. Un sistema se sostiene sobre cuatro elementos inseparables: procesos, recursos, líderes y cultura. Si falta uno, no tienes un sistema. Tienes un experimento con fecha de caducidad. Integrarse de verdad en la IA no es instalar cinco aplicaciones y llamarte empresa innovadora. Es repensar los cuatro elementos desde dentro. Y de todas la pregunta del millón es: «¿quién lo va a liderar?»

La consecuencia incómoda: obliga a replantear constantemente qué valor aportas tú. La IA no piensa por nosotros. Pero sí nos obliga a pensar de otra forma y mejor. Un prompt sin criterio produce mediocridad a escala. Un prompt con criterio produce impacto a escala. La diferencia siempre la pone la persona. Pero no puedes hacerlo con un pie en una orilla y otro en la otra. O cruzas o jamás lo entenderás.

La pregunta que sí importa

Cruzar no es pulsar un botón. Es un proceso de transformación que empieza por uno mismo y luego impregna al equipo, a los procesos, a la relación con los clientes. Hay días en que la orilla izquierda parece mucho más estable. Más predecible. Más segura. Es lógico, hemos vivido en ese mundo durante muchos años.

No es si la IA va a cambiar tu sector. Eso ya ocurrió. La pregunta que importa es más personal y más urgente: ¿en qué orilla estás tú?

No hay respuesta neutra. Esperar también es una decisión. Y cada día que pasa, el coste de cruzar es más alto, y el caudal sube un poco más.

Trabajamos por ser una empresa First AI porque creemos que la inteligencia artificial no es el fin de la creatividad ni de la estrategia —es su mayor amplificador. Que la IA sin criterio humano no produce nada memorable. Y que el criterio humano sin IA ya no es suficiente para competir.

Como diría el gran Jorge Drexler:

«Clavo mi remo en el agua. Llevo tu remo en el mío.
Creo que he visto una luz. Al otro lado del río».

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