“Con la IA nos vamos a la mierda”. Confieso que yo también he pensado (y hasta verbalizado) esta frase. Es más: tras un tiempo conociéndola, poniéndola en práctica y aceptándola como parte fundamental de la empresa en la que trabajo, aún no sé dónde nos lleva la Inteligencia Artificial. Sí, he temido por nuestros puestos de trabajo. Y no, de momento no se me ha pasado el miedo. Quizá a mi jefe no le guste leer esto.
Cuando comencé hace casi 9 años en Arteria -entonces Medios en Red-, la plantilla estaba compuesta por 7 personas. Hoy somos 21. La agencia ha vivido una evolución y, por qué no decirlo, una transformación evidente a varios niveles: volumen y envergadura de clientes, diversidad, ambición… Y en esa metamorfosis la IA ha jugado un papel clave en los últimos dos años, tanto en procesos “invisibles” como en proyectos audiovisuales. En lo que a mí respecta…
Velocidad supersónica VS. Caracol con reúma
Dicen que soy copywriter, aunque como los anglicismos me dan urticaria, prefiero autodenominarme como “redactor publicitario”: vamos, que principalmente me dedico a escribir. Bueno, a pensar primero -cuando se puede- y después a escribir. Curiosamente escribir es algo que ChatGPT, Gemini o Claude pueden hacer a una velocidad supersónica. En comparación, yo soy un caracol con reúma.
Periodista de formación (o por deformación, según se mire), resultó que puedo aportar y ser medianamente útil en el terreno de la creatividad. Confío en la capacidad del ser humano de emocionar, de hacer reír y de sorprender de una forma genuina, aunque reconozco que en este oficio tan sólo soy un aprendiz. Como dijo Fernando Trueba al recoger el Óscar, “me gustaría dar las gracias a Dios, pero yo sólo creo en Billy Wilder”.
Así que supongo que es lógico que cuando “me presentaron” a la Inteligencia Artificial mi reacción primera no fuera darle un abrazo, sino mantener una distancia prudencial. Incluso sopesar la petición de una orden de alejamiento.
No es que la IA me hubiera hecho algo a mí o a mi familia, pero las profecías apocalípticas sólo hacían elevar el nivel de recelo. El escepticismo, sin embargo, no evitó que la curiosidad y el pragmatismo se impusieran: “OK, veamos de qué va esta película”.
Vale, pero ¿a qué jugamos?
De lo primero que aprendimos es que, para obtener mejores resultados, es prioritario establecer los límites del campo y las reglas antes de ponernos a jugar. Porque si empiezas el partido sin ese ejercicio previo, la IA puede no tener muy claro si estamos jugando al fútbol, al baloncesto o a la petanca sobre patines en pista cubierta.
Y el caso es que sí: la IA se ha convertido en una herramienta habitual en mi labor. No me sustituye, no piensa por mí ni realiza mi trabajo: es más bien un compañero brillante y único que “ve” cosas que yo no alcanzo ni a intuir, y me proporciona recursos para afinar ideas y textos. También permite ejecutar funciones mecánicas y tediosas con una velocidad endiablada, aunque no es tan simple como escribir un prompt (malditos anglicismos) y presionar el botón, afortunadamente.
IA: ¿Salvación o condena?
¿Es positiva la IA, por tanto, para la sociedad en general y para el currante en particular? Pues no lo sé, la verdad. Sospecho por sistema de quienes expresan opiniones con la rotundidad de fórmulas científicas, cuando la realidad, siempre tozuda, se empeña en demostrar que casi nadie tiene ni puñetera idea de por qué las cosas son como son. Y, especialmente, resulta imposible saber cómo serán mañana. Muerte a los gurús.
Me gustaría tener mayor seguridad acerca de lo que creo y lo que hago. El síndrome del impostor tampoco ayuda. Se debe conciliar mucho mejor el sueño sin una nube de dudas planeando continuamente sobre tu cabeza… pero es lo que hay. Uno tiende a sobreanalizar; a tantear pros y contras, a plantear y replantear enunciados y pensamientos hasta tomar una decisión. Una vez tomada, ni siquiera ahí desaparecen los interrogantes. Y no, la IA tampoco tiene todas las respuestas.
Saltar o no saltar: ésa es la cuestión
Así que en esta tesitura (la individual, la de nuestro ámbito profesional y la del tiempo que nos ha tocado vivir), sólo se presentan dos opciones: la primera es negar la evidencia y renegar de la Inteligencia Artificial. Fingir que si no la miras no existe, que no tiene por qué afectarte (como se toman algunos la Política, por ejemplo), a sabiendas de que la IA tiene la forma exacta de un elefante de 7 toneladas que vive en tu habitación.
Los miembros del club de los escépticos tenemos una alternativa: abrazar la contradicción. Apartar la maleza, abstraerte del ruido ensordecedor y entrar en esta dimensión incierta, poblada de muchas dudas y pocas certezas. Y, tras hacerlo, explorar para descubrir qué es lo que esconde para ti y para los demás.
Por lo que he podido comprobar, estoy convencido de que hay tesoros increíbles por aquí. Parece sencillo adivinar, por contra, que habrá cadáveres por el camino; ya veremos si pocos o muchos. Pero creo que merece la pena abrir los ojos (o cerrarlos, dependiendo de tu nivel de escepticismo) y dar el salto. Es lo más honesto que puedo decir.
Bueno, también hay una tercera vía, que es la de salir con antorchas a la calle, acusar y perseguir a los infieles que utilizan la IA hasta condenarlos por herejía y someterlos, como mínimo, al lanzamiento en catapulta. Al fin y al cabo, ésta era la normalidad hace unos pocos siglos, ¿no?
En Arteria somos una agencia AI First donde la inteligencia artificial aplicada al marketing, la creatividad y la estrategia se trabaja desde el criterio, la cultura y la visión de marca.